Para todos aquellos que anuncian la muerte de la televisión, no hay nada como un fin de semana electoral y un cierre futbolístico, para rendir la pleitesía que merece su alteza real mediática.

Tan sencillo como ponerle la cámara delante a Dani Parejo según el árbitro decretó el final del partido de Copa del Rey que enfrentó al Barcelona y al Valencia. El capitán del equipo che, prorrumpió en un llanto desesperado, agónico de felicidad, disparatado y conmovedor. Un ejercicio de comunicación difícilmente igualable, para el que no fue necesaria ni la intervención del reportero, ni una música de fondo, ni infografía alguna. Como un Tarzán elevando su grito telúrico, ese rostro desencajado, la garganta anotando gallos como notas y la mirada perdida en un horizonte largamente perseguido y recién alcanzado, la escena de Parejo ante una audiencia entregada tuvo más de comunicación que un debate entero de investidura.

Pero no fue lo único. El desconcierto electoral de la izquierda madrileña en la noche del domingo, desenmascaró el sofisma de que la tele se muere. Incapaces de quitar la mirada de la pantalla, daba igual seguir los excesos del entregado presentador de la Sexta que la atractiva silueta de la cara más visible de A3. La desconcertante remontada de un Partido Popular hasta entonces navegando a la deriva y la agónica y lenta marcha hacia la desesperación del eterno y cándido candidato del Partido Socialista, acompañado por el bien intencionado escudero de Carmena, seguido a trompicones por la bella y enmudecida Isabel, formaba un fresco imbatible capaz de concitar tanta atención que no sabíamos si estábamos en un canal público o de pago, en primera o segunda cadena, en plataforma digital o emplatados en el auténtico cookstorming de la política madrileña.

Y qué decir cuando salieron, no al balcón sino a la plataforma improvisada en la puerta de la entrada principal de la sede del Partido Popular en Génova, los tres renacidos, viajando directamente de las catacumbas populares al jolgorio más dicharachero constatando que eran los invitados de piedra de un milagro incalculable. Pablo volvía a la vida para jugar una prórroga improbable; Isabel directamente no sabía donde estaba, pues pasaba de gestionar el tuit de Pecas (como todo el mundo sabe el perro de la Esperanza) a jugar con veinte mil millones de presupuesto de la Comunidad más importante del país. Y lo mejor de todo, el descubrimiento de José Luis, capaz de sostener un perfil tan bajo a lo largo de toda una campaña electoral, que solo entonces, en ese momento de celebración, le conocimos, nosotros, los que veíamos la tele y presumo que más de media España. Pequeño, con pinta de concienzudo y una apariencia de lo más agradable, con lo cual muchos pensarían, que habría estado bien conocerle y hasta escucharle, antes de votarle.

Y ahí estaba la televisión cerrando el fin de semana. Con buena salud, impenitente ante los agoreros seguidores de plataformas y smartphones, dando su espectáculo de luz, contenidos y colores, mientras Tom no quitaba ojo a Isabelita como pensando: ¿de verdad será posible?